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Negociación de las reglas de clase

pyp-stock-04Dos docentes del IB han hablado con la revista IB World sobre cómo sus sistemas de gestión de clase estimulan y celebran el crecimiento y el potencial, y por qué es tan importante escuchar a los alumnos

El uso de herramientas de gestión de clase eficaces es indispensable para crear espacios de aprendizaje satisfactorios para todas las edades. Sin embargo, trabajar con los alumnos para llegar a un “acuerdo” o crear una serie de “valores” es fundamental para lograr este objetivo.

Dos educadores del IB han hablado con la revista IB World sobre cómo sus nuevas técnicas de gestión de clase inspiran a los alumnos para alcanzar todo su potencial y les inculcan un sentido de responsabilidad con respecto al desarrollo de la cultura de su clase.

El efecto Pigmalión y las expectativas positivas

La idea de las expectativas positivas y las profecías que se cumplen tiene una larga historia. Por ejemplo, tras un experimento realizado en un colegio de primaria en 1968, los investigadores Rosenthal y Jacobson descubrieron que las expectativas de los docentes influyen en el desempeño de los alumnos.

Como parte del experimento, los alumnos realizaron pruebas de inteligencia, pero los investigadores dieron a los docentes los nombres de un 20 % de los alumnos que demostraban un “potencial de crecimiento intelectual inusual” y obtendrían muy buenos resultados académicos ese año. Los docentes no sabían que esos alumnos se seleccionaron aleatoriamente sin tener en cuenta las pruebas iniciales.

Las pruebas se repitieron al cabo de ocho meses y los investigadores descubrieron que los alumnos seleccionados aleatoriamente obtuvieron una puntuación significativamente más alta.

Llamaron a este fenómeno “efecto Pigmalión”. El experimento pone de manifiesto el papel tan importante que desempeña un docente al establecer las expectativas de la clase y su impacto en el compromiso y el aprendizaje de los alumnos. Rosenthal insiste en que este efecto también se produce en la educación superior.

El educador del PEP Matthew Scott, del Rivercrest Christian College de Australia, recordó el efecto Pigmalión en una conferencia del Project Zero en Melbourne. “El investigador de Harvard Daniel Wilson sugirió que el papel de la enseñanza y el aprendizaje giraba en torno al trabajo con el potencial humano”, recuerda.

introvert-painted-hands-optmized-classroom-tools-1optimized“Me sentí identificado con esta idea, porque también me planteaba cómo podía orientar la cultura de mi clase para motivar a mis alumnos a esforzarse más y aspirar a más. Conocía la investigación realizada sobre los efectos de las expectativas positivas en los alumnos y me intrigaban las implicaciones del trabajo de Rosenthal”.

Scott ha aplicado el concepto al acuerdo fundamental de su clase, al que llama “oxígeno”. “Utilizamos el acuerdo para todo lo que hacemos”, afirma. “Se usa para definir objetivos individuales y de grupo. En ocasiones, nos centraremos en una línea concreta e indagaremos cómo puede sonar y manifestarse en nuestro contexto”.

“Las expectativas positivas y el efecto Pigmalión han convertido un acuerdo basado en un conjunto de reglas tradicional orientado al docente en un conjunto de valores negociados”, afirma Scott.

Y añade: “Los alumnos redactaron el acuerdo con frases positivas que les recuerdan su potencial y lo que desean conseguir. Desglosa los elementos de la conducta en clase y también se utiliza para estimular, inspirar y motivar a los alumnos”. “El acuerdo es fundamental para brindar a los alumnos la oportunidad de expresar su opinión y hacerse responsables del desarrollo y el mantenimiento de la cultura de su clase”, declara.

No se trata de definir reglas básicas, sino más bien de determinar el tipo de personas que quieren ser los alumnos y qué pueden hacer para desarrollar una mentalidad internacional.

Los alumnos ven ahora el aprendizaje como un desafío y un proceso continuo. “Han adoptado la naturaleza con aspiraciones positivas del acuerdo, que ha influido positivamente en la cultura de nuestra clase y la actitud de los alumnos hacia el aprendizaje”, afirma.

Las expectativas positivas y el efecto Pigmalión también han repercutido positivamente en la enseñanza de Scott. Afirma: “Planifico y enseño de forma proactiva los elementos del acuerdo fundamental de nuestra clase, y los integro en las unidades de indagación y nuestro día a día en el colegio”.

“Ahora dedico mucho menos tiempo a gestionar malas conductas, y mucho más a ayudar a los alumnos a motivarse para ser más solidarios y pacíficos, y contribuir a crear un mundo mejor”.

classroom-management-tools-2optimizedClases sin premios ni castigos

A Mike Mackenna, profesor de Inglés del PAI y el Programa del Diploma (PD) en el Colegio del Mundo del IB CIEDI (Colombia), la experiencia no tardó en enseñarle que ser “demasiado estricto” no contribuía a que el comportamiento de los alumnos mejorase. Abandonó un modelo de premios y castigos para desarrollar la relación y la confianza con sus alumnos.

“Durante mis seis primeros años como docente, mi enfoque fue cada vez más estricto”, señala. “Puse en práctica los principios disciplinarios rigurosos que se describen en libros como Teach Like a Champion, de Doug Lemov, y Assertive Discipline, de Lee Canter, en un intento de crear un sistema de premios y castigos perfectamente diseñado y aplicado de manera uniforme. Aspiraba a que todos los alumnos siguieran todas las instrucciones en todo momento (la regla del 100 %)”.

Sin embargo, a algunos alumnos no les gustó este enfoque. Más de cien castigos durante el recreo demostraron que el comportamiento no mejoraba. “En sus comentarios sobre las clases, los alumnos solían demandar ‘más actividades divertidas’ y tildaban mi clase de ‘aburrida y repetitiva’”, afirma Mackenna. “Los alumnos más benévolos solían escribir comentarios del tipo ‘las clases son completas e informativas, pero monótonas’”.

Entonces, decidió probar con el otro extremo e investigó el argumento contrario a castigar o premiar a los alumnos. Ahora, en lugar de proporcionar una lista de reglas a principio de curso, pregunta a los alumnos cuáles son sus valores y qué deben hacer en clase para ponerlos en práctica. Los alumnos mencionan valores como el “respeto”, que requiere acciones como “escuchar a los demás”.

“Este sistema de gestión de clase encaja a la perfección con el principio del IB de contribuir a crear un mundo más pacífico en el marco del entendimiento mutuo y el respeto intercultural”, señala Mackenna.

Cuando los alumnos se comportan mal, Mackenna se centra en destacar las consecuencias lógicas de sus acciones. “Planteo su comportamiento como una opción. Por ejemplo, pueden leer el libro y aprender más, o no leerlo y aprender menos. Es su elección, pero yo recomiendo leerlo”.

Según afirma, las clases sin premios ni castigos promueven una actitud sincera. “Si es necesario corregir el comportamiento de un alumno, es mucho más probable que este acepte la corrección y siga adelante sin cuestionarla, pues no conlleva un castigo que se desea evitar”.

No ha castigado a nadie desde que decidió cambiar el enfoque y, según dice, ha sido el año más agradable de su carrera como docente. Los comentarios de los alumnos también son ahora mucho más positivos. “Ahora recibo comentarios del tipo ‘Mike siempre procura que todas las actividades resulten divertidas’ y ‘Mike es un docente genial y muy educado’”, afirma.

Las clases sin castigos pueden ser de gran ayuda para mejorar el aprendizaje y el compromiso de los chicos. Como ya investigó la revista IB World en el número de septiembre, a menudo se tilda a los chicos de ser molestos e indisciplinados, lo cual puede reforzar sus actitudes negativas en el colegio.

Mackenna ha notado la diferencia y afirma: “Los chicos están ahora mucho más comprometidos que antes. La posibilidad de hablar con ellos, e incluso bromear, sobre su mal comportamiento sin tener que imponer castigos ha mejorado mi relación con los alumnos, lo cual redunda positivamente en el nivel de compromiso”.

Mackenna también ha aprendido que la gestión de la clase no puede ir separada del compromiso y la confianza. “Si impartimos clases más interesantes, normalmente se reducen los casos de mal comportamiento. Ahora me centro mucho más en que mis clases sean interesantes. Para ello, utilizo la mayor variedad de actividades posible, doy a los alumnos cierto margen de elección en todas las evaluaciones y ofrezco con frecuencia apoyo adicional a los alumnos que tienen dificultades. Para mejorar la confianza, procuro que la carga de trabajo sea razonable y, con frecuencia, pido la opinión de los alumnos y actúo en consecuencia”, afirma.

No bastó con eliminar los castigos y los premios. Tuve que sustituir ese tipo de sistema por otro que estimulara a los alumnos para poner en práctica sus propios valores. Hube de reconocer que los alumnos, como cualquier otra persona, responden mejor ante un líder que los trata bien y procura hacer que su trabajo resulte estimulante y divertido.

¿Y usted cómo gestiona su clase? Envíe su historia a editor@ibo.org.