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Lecciones de una oficina de relaciones internacionales

Copenhagen, Denmark
Mientras estudiaba en el extranjero, Halley Rose recorrió las calles de Copenhague (Dinamarca) en bicicleta. Este año se incorpora a nuestro equipo de exalumnos colaboradores para compartir su experiencia como graduada del Programa del Diploma (PD). Esta es su segunda historia de la serie. (en inglés) [Fotografía cortesía de Halley Rose Meslin]

Contribución de Halley Rose Meslin

Siempre supe que quería estudiar en el extranjero. Después de estudiar mi penúltimo año de secundaria en Toulouse (Francia), me gustó tanto la experiencia de vivir en el extranjero que la repetí en dos ocasiones durante mi carrera universitaria: un semestre en Copenhague (Dinamarca) y un semestre en Cannes (Francia). Como quise seguir vinculada a la educación internacional, empecé a colaborar con la oficina de relaciones internacionales de mi universidad, donde asesoraba a otros alumnos. Estas son las lecciones más importantes que aprendí allí.

“Preguntarnos por qué queremos estudiar en el extranjero requiere reflexión, pero nos proporciona la claridad necesaria”.

Lección n.o 1: Estudiar en el extranjero no significa lo mismo para todos

En términos sencillos, estudiar en el extranjero significa viajar a otro lugar para aprender algo. Una definición tan sumamente general da lugar a que la experiencia de estudiar en el extranjero sea diferente para cada persona. Los programas varían según el lugar, el idioma, la duración, el contenido académico, el alojamiento y los aspectos culturales. En mi papel de asesora, aprendí a evaluar las necesidades de cada alumno y a prestarle una ayuda personalizada. Ya se tratara de un primer viaje a otro país o de un viajero experimentado, la parte más importante era ayudar al alumno a identificar sus objetivos.

La oficina de relaciones internacionales tenía una pared llena de folletos informativos multicolor de los destinos y programas, en vez de un mapamundi. Los alumnos se pasaban la mañana hojeando panfletos y carpetas, y al final terminaban con más preguntas que cuando llegaron. “¿Dónde debería ir?” “¿Qué lengua debería estudiar?” “¿Dónde debería vivir?” Mi mejor consejo era que hicieran un análisis introspectivo. Preguntarnos por qué queremos estudiar en el extranjero requiere reflexión, pero nos da la claridad necesaria. Normalmente, las respuestas ya están ahí, ocultas entre las expectativas y opiniones de otras personas.

“Es increíble cómo un lugar puede cobrar vida en nuestra mente con solo oír a alguien decir: ‘He estado allí y seguro que te va a gustar’”.

Encuentro sorpresa con un rebaño de cabras en los fiordos noruegos. [Fotografía cortesía de Halley Rose Meslin]

Lección n.o 2: Las historias pueden marcar la diferencia

La investigación, la solicitud y los procedimientos previos a la salida necesarios para estudiar en el extranjero pueden desmotivar a los alumnos. Estas tareas son parte necesaria del proceso, pero pueden resultar abrumadoras para un viajero primerizo o un universitario estresado. Llegué a reconocer el momento decisivo en el que un alumno decide continuar con el proceso o abandonarlo. En ese momento de incertidumbre, aprendí a compartir mis historias con el alumno indeciso. No me abandonaba a la nostalgia absoluta (a menos que me dieran pie a ello), sino que compartía pequeñas pinceladas de mi vida en el extranjero como forma de calmar los nervios.

Es increíble cómo un lugar puede cobrar vida en nuestra mente con solo oír a alguien decir: “He estado allí y seguro que te va a gustar”. Les contaba a los posibles viajeros cuando me topé con un rebaño de cabras durante una excursión por los fiordos noruegos, cuando perdí un vuelo en Portugal y tuve que pasar otro día en Oporto, mi ruta en bicicleta para ir al colegio en Copenhague y los paseos por la playa y las largas charlas con mis amigos en Cannes. Compartía mis experiencias como gesto de buena voluntad y ánimo para que otros alumnos crearan sus propios recuerdos.

“Regresar a EE. UU. no tenía por qué implicar que dejara de vivir aventuras”.

Lección n.o 3: Hay que explorar todos los lugares

En ocasiones no era fácil hablar sobre la experiencia de estudiar en el extranjero. No podía evitar sentir algo de envidia del viaje que estos nuevos alumnos estaban a punto de emprender. Yo acababa de pasar por eso. Había forjado algunas de mis mejores amistades en lugares a océanos de distancia y que se habían convertido en mi hogar. En Estados Unidos, cada vez que pasaba algo especialmente gracioso en el campus decía: “Me siento como si estuviera en el extranjero”. Había empezado a relacionar los buenos momentos y aventuras con mi vida en el extranjero. Había desarrollado una mentalidad “extranjera”.

Pero en lugar de deleitarme con ella, empecé a usar esta mentalidad a mi favor. Regresar a EE. UU. no tenía por qué implicar que dejara de vivir aventuras; podía hacer turismo en mi ciudad universitaria. Empecé a salir más de excursión los fines de semana, me fui de mochilera por primera vez y empecé a frecuentar una cafetería en la ciudad con un grupo de conversación en francés. Aprender a explorar la cultura local y probar cosas fuera de mi zona de confort supusieron un reto personal en mi vida después de mis experiencias en el extranjero.

Halley Rose Meslin obtuvo el diploma del IB en el Fishers High School (EE. UU.), después de completar el primer año del PD en el International School of Toulouse (Francia). Está empezando su carrera profesional como asistente ejecutiva del propietario de SHED, un restaurante y centro de eventos que promueve la filosofía “de la huerta a la mesa”, situado en Healdsburg, California. Acaba de graduarse en francés y ciencias ambientales en la Universidad de Indiana.

Para obtener información sobre la red de exalumnos del IB, visite ibo.org/es/alumni y lea las historias de exalumnos destacados que hemos publicado con motivo de nuestro 50.o aniversario para descubrir la trayectoria académica y profesional que han seguido otros alumnos.